Ser concejal de Urbanismo de La Laguna tiene su aquello, 25 años después de que ATI-AIC rompiera el pacto por el que iba a serlo entonces. Mi vida ha cambiado desde la primavera de este Año del Cambio. He pasado de ser un profesor universitario jubilado que se gobernaba solo, a estar amarrado a una Gerencia sin gerente, que es como una barca sin remos.Por fortuna, la Gerencia dispone de un gran activo: un plantel de gente joven y muy cualificada. No me resulta nada difícil la relación con ellos, y, al desechar de un plumazo la caricatura que el Régimen me había ido haciendo durante largos años de oposición, creo que a ellos tampoco trabajar conmigo. Es otra perspectiva del urbanismo.

Hasta ahora, me centraba desde la oposición en los grandes asuntos: clasificación de suelo, protección del suelo agrícola, infraestructuras viarias agobiantes impuestas desde el cabildo, resistencia frente a la Ley clavija del Suelo. Ahora, en los concretos: apoyar los proyectos que sean positivos para La Laguna y emprender un nuevo enfoque de la disciplina urbanística, para que no se escapen los grandes infractores y paguen sólo los pequeños. Es como la carrera de las liebres y las tortugas: los grandes y bien asesorados saben que la Administración va lenta y saben, también, que las infracciones más graves pueden serles rentables y, además, acabar consolidándose.

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